Otoño caluroso, amo estos días en el punto exacto en que cae la tarde y nace la noche. Me gusta escuchar mis tacones altos y finos sobre el cemento,  los he elegido rojos como mi vestido corto y escotado, a veces suelo sentirme incómoda, pero ya voy lista para el trabajo.

El cliente me ha citado en su casa. Extrañamente se encuentra en un callejón casi desierto y sin salida.  Al final del callejón, un hombre con la mirada gacha, parece meditabundo, al menos es lo que puedo apreciar desde lejos. Me acerco a él y le pregunto si es la Calle de los Deseos, pues busco el número 69.

El asiente. Y dice: “Te haré estremecer del deseo y estaría muy bien que intentemos un 69”.  Nerviosa intento explicarle que hablo de otra cosa, lo intento hasta que sus ojos se clavan en mi boca y huyen rápidamente hasta mi escote.

Son mis pezones impacientes los delatores, tomo su mano izquierda hacia mis glúteos tersos, su mano derecha sin embargo busca rápidamente correr mi tanga y allí espera la humedad expectante de mi vagina. Mis manos han bajado su bragueta y el pene asoma vigoroso. Me levanta en sus caderas, me apoya contra la pared del Callejón de los Deseos y desmesuradamente me da sus ganas.

Después de eso, de la saciedad de las ganas. Me reconforto, me acomodo el vestido, segura ya que es el Callejón de los deseos busco el otro 69, llamo a la puerta me espera mi trabajo: soy modelo vivo.

 

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.Directora de Mundo Lujuria (www.mundolujuria.com) .Periodista en Agencia NOVA

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