Lo invité a mi casa, después de todo, ambos sabíamos que queríamos uno del otro, o eso creía. Llegó, nos sentamos frente a la mesa y cenamos la comida que preparé. Nunca le cocinaba a nadie pero él me provocaba la necesidad de complacerlo. La habitación estaba iluminada por unas luces tenues para darle un toque más romántico a la velada. Estuvimos charlando, todo fluía, sus ojos me intimidaban, me daba vergüenza hasta mirarlo, él se reía de mis chistes y de lo que le contaba, yo lo sentía, estábamos conectados.

Cuando terminamos de cenar, fui a recostarme a mi cama y lo invité a que se acueste a mi lado. Me di cuenta que su mirada no se despegaba de mí y yo seguía con pudor de verlo a los ojos. Paso su brazo por debajo de mi cuello, con su mano acarició suavemente mi pecho. Con solo sentir tus dedos sobre mi cuerpo, el corazón se me estaba por salir. Nos miramos fijo durante tres segundos y comenzamos a besarnos.

Cuando sus labios se reposaron en los míos percibí una sensación similar a la que se siente cuando escuchas tu canción favorita. Abrazados besándonos como si fuese la última vez, no recordaba un beso tan ardiente como ese. ¿Sería el deseo que tenía por tocar esos labios? No lo sé, pero me encantaba.

Él comenzó a besar mi cuello, pasaba su lengua muy lentamente y luego se dirigía a mi boca para seguirme besando. Con mi mano en su cabeza lo apretaba hacía mí, comencé a acariciar su pecho y me animé a sentir por encima de su pantalón como estaba su miembro. Él se atrevió a tocar firmemente mis pechos y con una de mis piernas lo presioné contra mí.

Nuestros cuerpos empezaron a traspirar, desprendí su camisa y él en menos de un segundo me sacó mi vestido negro. Casi desnuda, bajé, le saqué su pantalón y volví a besarlo.

Nuestros labios eran como imanes. Nuestras manos ya no tenían ninguna dirección. Nuestros cuerpos estaban tan calientes que podíamos prendernos fuego. Me paré al lado de la cama, me desprendí mi corpiño y dada vuelta me quité toda mi ropa interior.

Desnuda fui directo a sacarle su bóxer, moría de ganas de ver su pene. Recorrí con mi lengua su pelvis pero lo dejé con ganas de sentir un poco más. Él se acercó hacía mí y me acostó a su lado. Luego, con su boca bajó por mi cuello, recorrió mis pechos con sus labios, descendió hasta llegar a mi vagina que estaba preparada para sentir su dulce boca acariciándome. A penas lo sentí, un suspiro le demostraba lo mucho que me gustaba.

Pasaban los segundos y a él le encantaba chuparme desenfrenadamente. Mis dedos rasguñaban las sabanas, mis piernas estaban completamente abiertas, mis pezones muy parados y mi mirada solo pedía que no pare. Su lengua se deslizaba recorriendo cada milímetro de mi vagina. Mi cuerpo se retorcía, me volvía loca.

Se acostó a mi lado, yo bajé lentamente sin sacarle la mirada y besé su entrepierna. Sentía como su piel se encrespaba y fue el momento cuando saboreé todo su pene en mi boca.

Nos miramos y volvimos a besarnos, pero esta vez salvajemente. Nos paramos y decidimos hacerlo. Me apoyó contra la pared y me metió su pene. Me dio vuelta y nos tiramos al suelo de mi habitación.

Me subí encima de él, mientras me movía mis caderas y le puse sus manos en mis pechos. Me colocó en cuatro y cada vez me la metía más fuerte. Nuestro orgasmo fue más adictivo que cualquier droga del mundo.

Me hizo volar la cabeza, pero ya no era solo sexo. Nos quedamos abrazados, seguimos hablando de la vida y de la felicidad. Todo venía bien, hasta que me acordé de ella…

Sí, él estaba de novio. En ese momento, decidí no verlo nunca más.

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