por Gtangoar

Los fines de semana, desde hace años, son para mí una continuidad de la semana laboral, ya que trabajo por la noche en una importante radio. Salir con amigos o amigas, cuando terminás de trabajar a la medianoche, suele ser un problema.

El sábado pasado no fue la excepción. Sin embargo, nadie podía imaginar que llegar tarde a un encuentro con amigos podía transformarse en una historia que nunca dejaré de recordar.

Habíamos quedado con cuatro amigos de la infancia ir a cenar, bah, en mi caso llegar para el postre o el café. Terminé mi turno de locutor y salí volando con mi auto desde Palermo rumbo al restaurante donde los hallaría en Recoleta.

Solo quedaba uno de ellos, el más amigo en verdad, quien me dijo de ir a tomar una copa a otro lugar. Así lo hicimos y hallamos uno de esos bares con una buena barra y con un clima muy íntimo. Ya habíamos pedido nuestros tragos, cuando el celular de mi amigo sonó. Era su esposa para decirle que la nena tenía fiebre. Así que casi sin despedirse, se fue y me dejó solo frente a dos exquisitos Manhattan recién servidos. El barman me miró casi con pena al ver qué solo había quedado.

Mientras trataba de disimular la bronca por haber quedado solo, me puse a mirar la decoración del lugar. Era uno de esos bares que de afuera no se ven y a los que solo se accede con una palabra clave. Misterio que no sería el único de esa noche.

De pronto la vi sentada en el otro extremo de la barra. Me miraba fijo y casi con una sonrisa socarrona. Ella fue testigo de toda la situación, y le parecía divertido verme frente a dos copas. Y solo.

Cuando pasó rumbo al toilette pude verla mejor. Llevaba puesto un vestido blanco, corto, muy escotado y pude notar que no llevaba corpiño. La miré mucho pero sin ilusionarme con que fuera a darme bolilla. Así que me dediqué a tomar con la vista fija en la decoración de la bodega ubicada detrás del barman.

De pronto, un perfume que no olvidaré jamás, me invadió los sentidos. Casi en seguida noté su mano en mi hombro mientras me preguntaba: “¿Puedo sentarme con vos?”. Me quedé tan absorto que –extraño para un Locutor- no pude emitir una sola palabra. Solo me limité a sonreír y a correr el butacón para que se ubicara a mi lado.

Cuando logré recomponerme, quise presentarme y saber su nombre. Pero ella me pidió que evitáramos los nombres. Aunque me sorprendió, me pareció sumamente divertido y muy sensual. Hablamos de cosas intrascendentes para no develar quiénes éramos, aunque yo no tengo compromiso con nadie, pero respeté su pedido.

Ella solo me contó que era bailarina, o al menos ese fue el personaje que creó para mí. No pude dejar de notar sus piernas largas y muy marcadas, por lo que decidí creer que era cierto. Tampoco –lo confieso- podía dejar de mirar sus pechos que asomaban en ese profundo escote, e imaginarme cómo sería saborear esos pezones que se le marcaban en la tela apretada contra su busto.

Se dio cuenta de mi mirada, y muy naturalmente me preguntó: “me estás mirando las tetas… ¿no?”. No supe qué responder, porque era tanta mi sorpresa que no llegaba a entender si le había molestado y me consideraba un desubicado o si se sentía halagada. De modo que le dije que sí, que me encantaban sus tetas y que no podía dejar de imaginar cómo sería tenerlas en mis manos. Esperé a ver si la escandalizaba, pero su respuesta me puso tenso a mí. Al menos en mi entrepierna.

“¿Y si te dijera que además de no tener puesto el corpiño, tampoco llevo mi tanguita?”, me soltó casi sin dejar de clavarme esos ojos un poquito achinados. Le dije que debía inspeccionar el lugar para ver si era cierto, pensando que me estaba histeriqueando, y ella me dijo que tocar no era posible, pero abriendo su pequeña cartera, me mostró la tanga blanca que acababa de sacarse en el toilette. Mi cara debe haber sido la de un idiota, porque ella lanzó una pequeña carcajada y casi sin sonreír me dijo: “Pagá, y vámonos de acá”.

Salimos y la llevé hasta mi auto que estaba casi en la puerta del lugar. Le abrí la puerta, y pude ver con más detalle sus piernas cuando se subió su vestido al sentarse. Rápidamente me senté al volante y le dije: “Ya que parece que vas a dominar todo lo que pase esta noche, decime a dónde vamos” y ella respondió: “Tengo un pequeño taller de pintura por acá cerca” y me guió hasta el lugar.

Subimos hasta ese departamento casi despoblado, con luces tenues algunos cuadros pintados por ella según me dijo, y un caño de pole dance en medio de ese lugar. Me ofreció un vino blanco que casi ni tomé. Solo quería tenerla, abrazar ese cuerpo que me tentaba pero me negaba. Muy provocativamente se sentó sobre la mesada de la kitchenette con sus piernas entreabiertas y su copa en la mano. Fui hasta ella y me coloque entre sus dos piernas que de pronto me abrazaron la cintura atrayéndome hacia su boca.

Solo pidió antes de que le comiera su boca, que no habláramos en toda la noche. Y respeté su condición.

Nuestras bocas se hundieron salvajemente, las lenguas se tocaban y nos mordisqueábamos los labios con pasión desenfrenada. Mis manos le bajaron su vestido dejando ver unos pechos increíbles que me invitó a que lamiera y enseguida di cuenta de sus pezones chiquitos pero tremendamente duros.

La erección que venía sosteniendo para ese momento, ya era francamente insoportable, pero había una mezcla de lujuria y secreto que me hacían querer ver cómo iba a seguir eso.

Me desabroché mi pantalón, me saqué mi camisa, y comencé a quitarle su vestido mientras buscaba comerle esa vagina rosada, caliente y muy húmeda. Así como estaba sentada, sobre la mesada, ella me dejó probar su vulva, entrecerrando los ojos me agarró del cabello buscando que mi lengua la penetrara mientras emitía gemidos de placer.

Antes de hacerla acabar quise penetrarla con mi pene que estaba caliente y colorado, pero ella me detuvo. Qué quería hacer me pregunté mentalmente, y cuando le estaba por reclamar que me dejara cogerla, me puso un dedo en mis labios para que guarde silencio mientras se lanzaba hacia el caño de pole dance.

Comenzó una serie de piruetas típicas del baile de caño mientras mi excitación se tornaba insoportable. Ella se dio cuenta que mi miembro estaba a punto de estallar y me hizo un gesto para que me acercara hacia su extraña contorsión y girando, me comenzó a hacer el mejor sexo oral que recuerde. Lamía mi glande, recorría mi pene con su boca sin tocarme con sus manos que estaban en la barra. En cierto momento, se lo metió todo de un bocado, haciendo que por mi espalda corriera un escalofrío de placer y poco costó para que le llenara la boca de mi semen que luchaba por contener dentro de mí.

Debe haber sentido que la tremenda oleada de excitación estaba por estallar en su boca, porque de pronto volvió a girar, puso sus piernas hacia abajo, y así tomada del caño me pidió que la penetre. No era sencillo hacerlo, pero estaba tan caliente que le metí todo mi pene con tanta fuerza que la hacía subir y bajar en el caño.

Poco después, y aún estando dentro de esa desconocida que me volvía loco de lujuria, la tomé de las nalgas que estaba reservando para un rato más adelante, y la llevé hacia el único sillón del cuarto. Me senté dejando que ella me cabalgara, y lo hacía como una perra en celo, gimiendo y respirando muy agitadamente.

Yo no daba más y tenía que darle toda mi leche, y estuve a punto de romper nuestro pacto de silencio, pero me contuve. Solo le empecé a meter un dedo en su cola, como preparándola para lo que vendría, y ella entendió todo. Se levantó de mi verga que estaba roja e hinchada, con sus venas sobresaliendo de la piel; y se puso en cuatro, inclinada sobre el respaldo del sillón. Así como estaba, su colita se me ofrecía como un regalo esperado.

Le abrí las nalgas y con dos, tres embestidas, la penetré con fuerza, casi con furia. Estuvo a punto de romper el pacto y quejarse, pero solo emitió un quejido que lejos de sensibilizarse, me hizo convertir más en animal que en hombre.

Mientras probaba el culo más apretadito que nunca tuve, mis dedos trabajaban en su vagina empapada de jugos. Ella gemía cada vez más fuerte, y yo estaba desesperado por acabar, casi tanto como la ahora salvaje desconocida. En lo que fue un grito ahogado y compartido, los dos dejamos escapar todas nuestras fuerzas en un tremendo orgasmo al unísono.

 

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