Me encontraba en un momento donde no quería estar en nada serio con nadie, ya me había desilusionado tantas veces que me prohibí enamorarme, a pesar de lo mucho que me costará. Él se veía diferente a todos los demás era simpático, caballero, romántico y sobre todo muy lindo aunque yo solo lo quería para tener sexo.

En sus ojos veía amor aunque lamentablemente yo no sentía lo mismo. Al tocarlo no podía percibir la misma pasión que tuve con otros. Aunque no sintiera química decidí seguirlo viendo porque la pasaba bien.

Esa noche me invitó a ver una película en su casa, acepté la invitación. Recuerdo que llovía como nunca. Cuando era chica, yo siempre decía que cada vez que llovía iba a ser un día muy triste, de grande creía que eran los mejores días para tener sexo y dormir abrazada a alguien.

Subí a su departamento y ya estaba puesta la película. No llegué a esperar a ver quiénes eran los protagonistas que me subí encima de él y refregué mi vagina en su pantalón. Sin dudas me calentaba pero no lo suficiente para dejarme de ver con otros hombres.

Estando arriba de él, me fui desprendiendo lentamente mi camisa y le puse mis pechos en su cara para que los saboreara. Luego me paré y me bajé lentamente mi pollera de cuero, mientras él me tocaba mi cola y acariciaba mi vagina que estaba hirviendo.

Mirándolo fijamente a los ojos, bajé su pantalón y recorrí con mi lengua su entrepierna. Sabía perfectamente lo que él quería y era que tuviese todo su pene en mi boca, y lo hice. Fui dándole besos mojados por cada centímetro de su erecto miembro y cuando llegaba a la punta le pasaba mi lengua haciéndole círculos. Mientras jugaba con mi boca, tomaba sus testículos con mi mano y los acariciaba muy lentamente.

Me encantaba ver como sus ojos me pedían que se lo chupara ferozmente. Lo masturbé muy fuerte y a la vez bajaba y subía mi cabeza.

Me paré, me saqué mi ropa interior, me puse contra la pared y le dije: “Dame todo lo que tengas”.

En menos de un segundo ya me estaba penetrando desenfrenadamente, nuestros cuerpos se veían brillantes del sudor. Me agarro muy fuerte del pelo al punto que por un segundo iba a pasar del placer al dolor, me penetraba y me pegaba en mi cola. Si a él le gustaba jugar bruto, a mí mucho más, le até las manos con mi gomita del pelo, lo tiré al sillón. Me subí nuevamente encima de él y mientras le tiraba el cabello, me metía su pene hasta lo más profundo de mi vagina.

Para completar la noche de pasión, empecé a masturbarme con su pene dentro de mí. Disfrutaba notar como estaba desesperado por tocarme pero estaba inmovilizado. Cuando en un suspiro tengo mi dulce orgasmo, le pedí que me eyaculara en mi boca. Lo desaté, me puse de rodillas y me acabó en mi cara.

Él se sentó en el sillón y yo fui al baño a darme una ducha. Mientras estaba duchándome logro escuchar que mi celular había sonado. Termine de bañarme, me puse la toalla, me pinté mis labios de rojo y salí.

Él estaba parado con mi celular en la mano. Yo no entendía nada, él se me acercó y me dijo: “¿Quién es el hijo de puta que te llama a esta hora?”.

“No sé”, le dije.

Me miró a los ojos y pegó un cachetazo en mi cara que hizo que se me cayera la toalla que cubría mi cuerpo desnudo.

Estaba desnuda, vulnerable pero no débil. Él se dio cuenta del grave error que había cometido pero ya era tarde. Recogí mi ropa que estaba en el piso, me vestí y sin mirarlo a los ojos me retiré de su casa. Sus lágrimas no me iban a convencer, no había forma de perdonarlo.

Abrí la puerta y me encontré nuevamente con la lluvia. Ese triste y frio día me enseñó que nunca tengo que mirar atrás porque muchas veces darte vuelta puede ser un grave error.

Las manos fueron hechas para acariciar, no para golpear.

#NiUnaMenos
#VivasNosQueremos

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