Estaba llegando tarde a la entrevista, comenzaba a las 17, eran las 17.15 y seguía perdida. Esta ciudad es tan grande que es fácil perderse. Por eso, me subí al primer taxi que encontré y por fin llegué.

Llevaba puesto unas botas cortas negras, una calza y una remera del mismo color. Respiré profundo y toqué el timbre. Su secretaría me abrió la puerta, subí las escaleras y ahí lo encontré.

A penas lo vi, sentí algo raro en mi estómago y mi corazón se aceleró pero supuse que estaba un poco nerviosa. Me acompañó hasta su oficina, me senté en su sillón, preparé la cámara, el trípode, saqué mi celular donde tenía mis preguntas anotadas y comencé la entrevista.

Pocas veces me pasó que sentía tanta admiración al escuchar a alguien. Él era una persona muy inteligente, seguro de sí mismo, humilde, carismático, una mente prodigiosa y apasionado por lo que hacía. Aunque él tuviera la vida que muchos seres humanos sueñan, él se la tomaba con una simpleza admirable.

Era un emprendedor que triunfó desde muy joven y por dentro moría por pedirle consejos con mis proyectos, no sé si me cambió mucho lo que me dijo, pero me daba placer escucharlo. Terminó la entrevista y me fui.

Días más tarde me escribió con una excusa absolutamente insignificante. Aproveché la oportunidad para invitarlo a salir y me dijo: “Sí, me gustaría. Pero yo estoy de novio así que mejor que quede entre nosotros”. Tenía dos opciones o no escribirle más o jugar el juego que me propuso. Tomé la segunda opción.

Pasaron solo unos pocos días para que me volviera escribir y nos vimos. Entró a mi casa, lo hice esperar unos minutos sentado en mi living para terminar de preparar la comida. Estaba muy nerviosa, pensaba que era porque el superaba mis expectativas y tenía miedo que al tener un casa humilde me juzgará.

Llevé la comida y empezamos a charlar sobre sus nuevos proyectos y le conté sobre los míos. Me metí con su vida privada y le pregunté que le gustaba hacer en sus ratos libres y me respondió que le gustaba crear. Sin dudas, un amante del trabajo.

Terminamos de cenar esos tacos mexicanos que hice, cerca de mi living se podía ver mi cama, se levantó de la mesa y fue hasta allí. Lo miré y lo seguí. Ambos estábamos cohibidos a dar el primer paso. Nos miramos a los ojos y no lo pensamos ni un segundo más. Nuestros cuerpos estaban conectados por la vibración de nuestro pulso. Él recorría mi cuello y volvía a besar mis labios rojos, yo acariciaba su espalda y lo sostenía su cabeza apretándolo sobre mí.

Sus besos me habían estremecer el cuerpo, él comenzó a sacarme mi vestido y quedé con mi ropa interior negra de encaje. Me colocó en el medio de la cama y recorrió cada sector de mi cuerpo con sus labios. Pasó su lengua suavemente entre mis piernas dejándome desear que me repose en mi vagina.

Nuevamente me empezó a besar y dentro de mi algo se descontroló y no aguanté más. Lo desnudé por completo, besé su boca salvajemente, mordí su labio y bajé para saborear cada centímetro de su pene. Él sujetaba fuertemente de las sabanas mientras yo pasaba mi lengua por todo su miembro y me lo metía entero dentro de mi boca. Me agarró de mi pelo, me llevó hasta sus ojos y me miró por unos tres segundos, sentí como se detenía el tiempo para vernos, desearnos, admirarnos y excitarnos aún más.

Me tumbó boca arriba, abrió mis piernas y pasó su lengua suavemente por mi vagina y creo que ahí me olvidé hasta mi nombre. Mi corazón se aceleraba, mis manos sudaban y estaba llegando al límite. Era el momento de profundizar este encuentro.

Me penetró mirándome fijamente a mis ojos, lo acerqué a mi boca y lo besé apasionadamente. Como si fuese una lucha entre dos, me subí encima de él y mientras me penetraba, yo me masturbaba.

Estaba llegando a un orgasmo que nunca había podido contemplar, era tan fuerte que mi mirada se nubló, mi cuerpo se desarmó encima del suyo y mi corazón parecía salirse de su lugar. Él llegó al mismo tiempo que yo y se abrazó de mí por unos minutos.

Luego, ambos tumbados de costado, nos mirábamos a los ojos aún sin decirnos ni una palabra. Yo quería saber que escondía esa mirada. El silencio se apoderó de la habitación y tomé la iniciativa para romperlo.

“¿Por qué decidiste venir?”, le pregunté por más tonta que sonara la pregunta. “No sé, quería hacerlo”, me respondió. Como buena periodista no me iba a quedar sin una buena confesión y le dije: “¿Y por qué querías hacerlo?”. Miró al techo de mi cuarto y me respondió: “Creo que es porque muchas veces me niego a hacer lo que verdad siento para no hacer sufrir a nadie o porque quiero hacer siempre lo correcto. ¿Nunca pensaste que si no hacías algo te ibas a arrepentir cuando tuvieses 80 años? Bueno, por eso lo hice, porque si no me iba a arrepentir”.

Me contó que estaba bien con la novia y que no iba a terminar pero me invitaba a jugar a este juego donde las reglas eran solo sexo y nunca amor, y yo acepté.

El tiempo fue mi peor enemigo, teníamos sexo, después su compañía se desvanecía y me quedaba nuevamente sola. Todas las noches me masturbaba pensando en él y llegó a ser mi perdición cuando todo se acabó.

Era tan inteligente que a pesar que yo negará que me había enamorado, él ya sabía cuál era la verdad y nunca más lo volví a ver.

Yo misma me condené, quien diría que lo sigo pensando. Lastimosamente este recuerdo me sigue desvelando todas las noches y sigo sintiendo su cuerpo sobre el mío. Quise hacer trampa cambiando las reglas del juego sin decirle nada pero descubrió mi mentira.

Él no sentía lo mismo, pero yo lo sacaba de su realidad que al parecer no era tan feliz. Acepté seguir esa aventura con él sin pensar que me iba a llevar al dolor, al llanto, al sufrimiento, a la agonía.

A pesar de todo esto, si Dios me diera una petición antes de morir elegiría estar otra vez en sus brazos.

¿Quién dijo que nadie muere de amor? Yo estaba muerta en vida.

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