Eran las 6 pm y después de mucho tiempo tomé una decisión que me iba a jugar a favor o en contra, sin pensar que me respondería él ante la locura que iba hacer, fui. Las cosas habían cambiado desde la última vez que nos vimos, la llama se había apagado y pensaba nunca más íbamos a vernos.

Nos distanciamos sin ningún motivo. De un día para el otro, los dos no nos comunicamos más pero creo que siempre existió la chispa que encendía la hoguera de la pasión.

Él era una persona muy conocida, me enteré que iba a dar una charla en una universidad para hablar de temas en los que yo nunca fui experta, aun así decidí ir. Mientras yo llegaba al auditorio mi corazón latía a mil, mis manos sudaban y sabía que era una estupidez lo que estaba haciendo.

Entré al auditorio, casualmente el único lugar libre era en la primera fila y mis nervios se multiplicaron. Pensaba cómo él iba a reaccionar, si se enojaba o ignoraba, por supuesto jamás pensé algo bueno. Entonces, para justificar mi imprudencia en aparecer en una charla que poco me incumbía, le mandé un mensaje diciendo: “¿Creés en las coincidencias?”.

Muchas veces escuché a personas decirme que a pesar de que haya una multitud de personas en un lugar, siempre se nota mi presencia y así fue.

Entró, subió al escenario, me miró, lo miré y me saludó con una hermosa sonrisa en su rostro. En ese instante recordé porque me había enamorado de él. No podía decirle adiós, no podía dejar de pensar en él, por eso necesitaba verlo aunque sea como espectadora.

Mientras respondía las preguntas de los espectadores, recordé la pregunta que le hice mientras estábamos desnudos en mi cama: “¿Por qué venís a verme estando de novio hace tantos años?”. Él me respondió: “A veces si no haces ciertas cosas sabes que te vas a arrepentir cuando tengas 80 años”. Luego, él se separó pero eso no cambió nuestra relación, yo seguía siendo a la que se cogía.

Me pareció ideal jugar con la indirecta con la respuesta de aquella vez. “¿Qué pensás que te falta por hacer, que si no lo realizás te vas a arrepentir cuando tengas 80 años?”, cuestioné sin vergüenza alguna. La respuesta ni siquiera la pude escuchar porque en mi cabeza resonaban mis pensamientos.

Luego de unas preguntas más que le hicieron los espectadores, bajó del escenario y vino directo a saludarme. Nos miramos a los ojos detenidamente durante unos pocos segundos, deseaba que Dios detuviera el tiempo en ese preciso instante. De un momento a otro, mucha gente vino a sacarse fotos con él, lo despedí y me fui del auditorio.

Me sentía feliz pero triste a la vez. Caminaba por la avenida principal de la ciudad y un auto se paró a mi lado. Bajó la ventanilla y era él. “¿Subís?”, me dijo sin tapujo alguno. Subí al auto y me comentó: “Tengo poco tiempo, tengo una reunión”. Sin responder nada ya sabíamos a dónde íbamos. Entramos a la habitación de un hotel de la zona, nos empezamos a besar como la primera vez.

Su respiración se aceleraba, me alzó y me tiró sobre la cama. Mientras me besaba, me iba desnudando. Decidí tomar las riendas del juego y lo desvestí. Me subí encima de él, besé su cuello y fui bajando hasta llegar a su zona de máximo placer.

Bajé su bóxer y comencé a pasar mi lengua por su entre pierna y con mis manos acariciaba su abdomen. Me introduje su pene en mi boca y mientras succionaba, lo miraba fijo, demostrándole lo mucho que me gustaba.

Luego, me subí encima de él y sentí todo su pene dentro de mí. Mis pechos saltaban y el me los acariciaba y sostenía con sus manos. Después los roles se intercambiaron, él se subió arriba mío, empezó a besarme mis pechos y fue bajando hasta mi entre pierna.

Me volvía loca sentir sus labios sobre mi vagina, cada gota de su saliva era adictiva. Me dio vuelta y nuevamente me metió su p ene. Estando en cuatro podía apreciar cada penetración como si fuese la última.

De pronto, una lágrima me despertó y me llevó a la realidad. Yo seguía caminando por la avenida de la ciudad de la furia, sola y más vacía que nunca.

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