Salida de emergencia al placer

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Autor: Reyrojo 

Estaba con mi hijo en el restorant del hotel donde él iba a competir el fin de semana en las Finales Nacionales de Ajedrez. De repente, ella atravesó la puerta y atrapó cada uno de mis sentidos. Llevaba puesta una musculosa blanca que desde su divino escote atrevido encandiló mi mirada, tenía un jean ajustado que resaltaba sus perfectas piernas y pronunciaba aún más las curvas ampulosamente abismales de su tallada cola y su andar flotaba sobre elegantes tacos altos que elevaban su belleza de mediana estatura incendiando mis más bajos instintos a cada paso en que se iba acercando hacia mí.

¿Será ella?, pensé al verla ingresar iluminadísima entre los rayos del sol que atravesaban la puerta vidriada, será la madre de ese niño que me habían dicho que podía ser un importante competidor de mi hijo. Y sí, era ella. Mi presunción autogenerada por mi deseo inconsciente terminó convirtiéndose en una perfecta realidad.

La química que hubo entre nosotros desde ese primer instante en que nos conocimos es algo imposible de describir con palabras, desde el mismísimo momento que cruzamos nuestras primeras palabras todo fue increíble, como si hubiéramos estado predestinados a que en algún momento nuestros caminos se tuvieran que cruzar.

El torneo terminó el domingo a la mañana y teníamos ese último día para distendernos antes de volver a nuestras vidas cotidianas. Luego de almorzar, ella me dijo que si quería que lleve a mi hijo a jugar con él suyo a su habitación y que suba a la terraza que ella iba a estar allí tomando sol.

Sin dudarlo, llevé a mi hijo a jugar con el de ella, me calcé mi bermuda, tomé el ascensor hacia la pileta y al entrar al sum la vi bajo el candente reflejo de los rayos de sol recostada boca abajo en una reposera con una bikini fucsia espectacular. Tenía el sostén desprendido en la espalda y una diminuta tanga que resaltaba las perfectas curvas de su increíble cola.

Cuando me acerqué, ella giró su cabeza al escucharme, se sonrió y me dijo: “Llegaste justo hermoso, no me pasas el bronceador por la espaldita”. Ante esa situación sentí que iba a explotar, mi corazón palpitaba a un ritmo que hacía tiempo no sentía y sin poder evitar excitarme y que eso se hiciera notorio en mi ajustada bermuda.

Luego de pasarle el bronceador con delicadeza por su espalda le dije: “Que ganas de seguir esparciendo el bronceador por debajo de tu cintura. Cada minuto de estos tres días que hemos pasado juntos me has ido enloqueciendo más y más, no soy de madera, mirá como estoy” y con mis manos le remarqué el abultado frente de mi bermuda que no me dejaba mentir sobre el real estado de excitación al que ella me había llevado, ella sonrió y me dijo: “Veo que no sos de los que titubean, me encanta como has redoblado mi apuesta. Qué lindo sos y debo reconocer que se me hace agua la boca al ver tu bulto de tan interesante dotación”.

En ese momento creo que si los dos hubiéramos estado solos habríamos terminado revolcándonos en la reposera o matándonos en la pileta, pero en el hotel todavía quedaba gente conocida del ajedrez y no podíamos arriesgarnos a que nos vieran en una situación comprometedora y muchos menos a que nuestros hijos pudieran vernos. Por eso, nos tranquilizamos y quedamos en irnos a dormir la siesta para descansar y esperar a la noche para poder estar a solas.

Llego la noche, cenamos y ya teníamos todo preparado para que nuestros hijos hagan una pijamada en una de nuestras habitaciones y de esa manera poder estar a solas en la otra habitación. Después de cenar ya con todo el plan armado, nuestros preparativos se desvanecieron, el hijo de ella no se sentía bien, le dolía mucho la cabeza y la panza, entonces ella quedó en escribirme cuando su hijo estuviera mejor y pudiera dormirse. Minutos antes de la medianoche ella me escribe que su hijo se había dormido, entonces salimos de nuestras habitaciones.

Nos encontramos y ella me dijo — Me muero de ganas de que estemos a solas, pero tengo que quedarme cerca por si mi hijo se despierta y se siente mal — dijo ella. — Yo también me muero de ganas, pero quedate tranquila, ve a la habitación con él — le dije.

Ante eso, ella me respondió — Dame 20 minutos para ver que mi hijo no se despierte, si está todo bien te escribo para que vayas a buscar un champange así lo tomamos acá en el pasillo de nuestras habitaciones —.

Pasaron unos minutos y ella me escribió que estaba todo bien, que su hijo seguía durmiendo, que vaya a pedir el champagne. Cuando subí con el champagne, la encontré sentada en la oscuridad del pasillo del hotel, me senté junto a ella y luego reclinó su carita sobre mi hombro, mientras los dedos de nuestras manos se entrelazaron.

Sin poderme contener, mis manos se acercaron con delicadeza para acariciar tiernamente su suave piel. Nuestras miradas comenzaron a iluminar la oscuridad del pasillo para acortar los escasos 10 centímetros de distancia que había entre la frontera de nuestros labios y desde ese primer beso comenzamos a devorarnos con ferocidad sin importarnos que alguien nos pudiera ver.

Nos levantamos del piso donde estábamos sentados, la arrinconé contra la pared, comencé a besar su cuello, para luego bajar hacia su increíble escote y detener mis labios al pie de sus voluptuosos pechos para acariciarlos salvajemente con mis manos. Con la punta de mi lengua saboreé sus increíbles pezones, los comencé a morder suavemente al mismo tiempo que mis fornidos brazos levantaron su liviana y perfecta silueta haciéndola subir y bajar sobre mi cintura. Ella con sus piernas se ataba por detrás de mí. Estabamos dispuestos a saciar la pasión y lujuria salvaje que nos atravesaba, con ella subida sobre mí.

Abrí la puerta de la salida de emergencias y como si nadie fuera a subir por esas escaleras, le quité su remera escotada y desabroche su corpiño. Nuestras bocas no paraban de besarse, ella me hizo girar arrinconándome contra la pared y me saco alocadamente mi remera para besar mi cuello al mismo tiempo que arañaba suavemente mis pectorales.

Luego, bajó con sus besos y se arrodilló ante mí, bajó el cierre de mi bragueta, metió su mano dentro de mi bóxer  y tomó mi pene humedecido. Me volvió loco y me incitó a agarrarla de sus cabellos para que comience a saborearme con ferocidad desenfrenada.  Luego, se puso frente a la pared y de espaldas a mí con sus manos en alto. Sumergí mi mano dentro de su corta pollerita calentándome inconmensurablemente al descubrir que no tenía ropa interior.

Comencé a frotar mi dedo índice en su empapado clítoris para luego arrodillarme y tomando frenéticamente sus nalgas y con mi lengua acaricié endiabladamente su deliciosa vagina haciéndola gemir de placer. Me paré detrás de ella y mientras ella paraba aún más su increíble cola, acaricié con mi miembro sus nalgas haciendo que mi pene se empiece a imantar con su vagina.

En ese momento de locura, ella me dijo entre gemidos: “Cojeme como nunca nadie lo has hecho, por favor, te lo suplico, te lo ordeno”. Con una de mis manos jalé de su lacio cabello y con la otra sostenía sus pechos. Empecé a penetrarla con suavidad hasta que a la mitad del recorrido aceleré con fuerza y voracidad haciéndola gemir con locura.

Nuestros cuerpos se derretían del calor, ella se puso en cuatro en el piso de esa salida de emergencia y la continué penetrando. Sus gemidos me estaban llevando a lo más alto de mi climax. “Estoy por llegar”, me dijo y fue en el momento que ambos llegamos al mismo tiempo con un último gemido de placer que nos hizo darnos cuenta que no estábamos a solas. Se encendieron las luces de la escalera, velozmente tomamos nuestra ropa y volvimos al pasillo de las habitaciones. Al parecer las cámaras grabaron nuestro ardiente encuentro.

Así llegó a su fin aquel increíble fin de semana. Después de recorrer juntos el cielo y el infierno debimos poner los pies sobre la tierra.  Ella se fue a vivir a Nueva York y yo tuve que dejar todo lo sucedido en un hermoso recuerdo.

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