Noche entre desconocidos

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Las gotas de la lluvia se deslizaban por mi ventana, la luna alumbraba mi cuerpo que se preparaba para tener una noche que soñaba hace tiempo.  Sonó mi teléfono y era hora de subir al auto, estaba yendo al encuentro con él, un desconocido que solo pude apreciar desde una pantalla. No iba con expectativa, iba entregada a la aventura.

Cuando estaba por salir de mi casa, un mal presentimiento invadía mi cuerpo pero aun así me animé y fui a ver a ese hombre.

La decisión más coherente que debería haber tomado era elegir un lugar neutro pero ya estaba ahí. Bajé del taxi y cuando lo vi sentí un gusto amargo y dulce, era más lindo que en mi imaginación pero aún mi mal presentimiento seguía en mi piel.

Me invitó a pasar y me dijo – Estás hermosa –. Subimos el ascensor, uno frente al otro sin mirarnos a los ojos.

Entramos a su departamento, me senté en su sillón y no emití ni una sola palabra, estaba esperando que el rompiera el hielo y lo hizo – Contame qué haces acá y se rió -. No iba a permitir que me haga sentir como que yo fui la única que deseaba vivir este momento y le respondí – Vos me invitaste, ¿qué haces acá conmigo? –.

– Tardamos mucho en conocernos – le dije.
– Coincido pero los buenos momentos se hacen esperar.
– ¿Cuál fue el motivo de tanta demora?
– Fernanda, yo te tengo que contar mi situación y la verdad es que estoy de novio pero aún así quería conocerte.
– Está bien, Ramiro. No te voy a mentir, la verdad que no es la mejor noticia que me podías dar pero ya estoy acá.

Eso era lo que presentía, había algo que no conocía, me dolió porque quería conocerlo de verdad. El único fin de esa velada iba a ser una noche de pasión… y yo se la iba a dar.

– Sos más linda de lo que imaginaba, me alegro que estés acá.
– Vos también sos muy lindo.

Nos miramos y sin decir más nos empezamos a besar. Sus manos acariciaban mi cuerpo y yo comenzaba a arder. Nuestra respiración se aceleraba y nos volvimos salvajes deseosos de lujuria. Me subí arriba y refregué mi pelvis sobre él.

Luego, me levantó y en un tirón me despojó de mi vestido. A su vez, yo desprendía su camisa, mientras lo besaba apasionadamente. Deseaba cada centímetro de cuerpo y él parecía que también. Sus labios recorrieron mi cuello, descendieron por mis pechos, continuaron por mi cintura y se reposaron en mi vagina. Su lengua me hacía estremecer y cuando estaba por culminar con un orgasmo me contuve y le pedí ir a la habitación.

Dispuestos a tener la mejor noche de todas, me levantó con sus brazos y me estampó contra la pared. Continuó besándome y me tiró en la cama. Mis gemidos lo estremecían y lo volvían más salvaje.

En ese momento, tuve el deseo de chuparle donde más le gustaba, recorrí con mi lengua y succioné con mi boca cada centímetro de su pene. Sus manos arrugaban las sabanas y su respiración me pedía más.

Fue ahí cuando me subí arriba de él y sentí el calor de su pene en mi mojada vagina. El movimiento nos excitaba más y más. Luego, se me puso en cuatro y me empezó a penetrar. Me encantaba, me fascinaba sentirlo dentro de mí.

Me dio vuelta, me miró a los ojos y me dijo – “Me encantas Fernanda, me volvés loco”. Y me continuó penetrando estando arriba mío. Nos mirábamos con deseo y ya sin aguantar un segundo más llegué a mi orgasmo y milésimas de segundo después él también.

La magia había acabado y esta fugaz historia estaba llegando a su fin.

– ¿Hace mucho que no estás de novia? – me pregunto sin mediar la intensidad de sus palabras.
– Hace bastante, serán unos 4 años…
– ¿En todo ese tiempo no conociste a nadie que te gustara lo suficiente para estar de novia?
– Conocí muchos hombres y la verdad es que nadie me generó deseo de tener una relación o las personas que conocí no eran correspondidas ¿Y vos por qué engañas a tu novia?
– Yo la quiero pero a veces necesito ser libre ¿me entendés?
– Lo que yo no entiendo es por qué no me lo contaste
– Porque en verdad te quería conocer
– Solo querías tener sexo conmigo
– Me refiero a verte en persona…
– Ah.
– ¿Te molestaste?
– No, ya estoy acostumbrada a cruzarme con hombres que son de piedra y no les importa lastimar a alguien
– Hace unas horas que te conozco ¿Te sentís lastimada?
– No me gustan las mentiras
– Tenés razón, te pido perdón, debería haberte contado

Después de unos minutos en silencio, me dijo –  ¿Querés que durmamos un rato? –.

El resplandor de la luna alumbraba su hermoso rostro y yo no quería quedarme dormida porque quería disfrutar hasta el último minuto con él. No sabía que me pasaba, sentía un dolor insoportable en mi pecho. Con un nudo en la garganta y mis ojos llenos de lágrimas decidí acabar con este dolor.

Otra vez como muchas otras veces me rompían el corazón, me usaban y se olvidaban de mí pero no quería que pasara de nuevo, no lo iba a permitir.

Estaba amaneciendo, el sol ya descubría nuestros cuerpos desnudos y yo no me quería ir de ahí. ¿Estaría loca diciendo que me encantaba? No quería ni perder un segundo sin verlo porque yo sabía que nunca más lo volvería a ver. Pero algo me decía que estábamos destinado a estar juntos, pero solo la lujuria de una noche de sexo era lo que podía tener de él.

– Buen día – me dijo con una sonrisa
– Buen día
– ¿Querés desayunar? Yo en un rato me tengo que ir
– Esta bien, si querés yo preparo algo – le dije
– Te quería pedir algo – expresó con una frivolidad absoluta
– Sí, decime
– Quiero que borres todos los mensajes. Yo ya lo hice.
– Sí, no hay problema. – Le contesté

Desayunamos. Luego, me abrió la puerta y me subí a mi taxi.

¿Qué me hizo cometer esa locura, el odio a sentirme olvidada?
Sí, lo envenené porque si no iba a ser mío, no iba a ser de nadie. ¿Si me enamoré? Creo que sí. Pero me entristece tanto decir adiós cuando recién decís hola.

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